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Durante su dilatada existencia como ciudad, Mérida ha sido un cruce de caminos, culturas y tendencias. Este detalle es de vital importancia para entender todas y cada una de las manifestaciones de los emeritenses, desde el urbanismo hasta las expresiones más íntimas, como es el caso de sus devociones. De entre estas últimas destacan las procesiones penitenciales de Semana Santa. No existe una manifestación homogénea de la Pasión, sino que cada hermandad, cada cofradía, ha ido añadiendo a su elenco imaginero y procesional una personalidad propia. Así unas hermandades presentan en la calle el bullicio infantil, otras expresan en su procesionar un cierto temperamento racial, de barrio gitano; algunas nos impresionan por su colorismo, otras por su austeridad extrema; unas cargan sus pasos con varales a costal y otras a hombros; unas cofradías lucen Dolorosas bajo lujosos palios, sin embargo es el propio cielo el infinito dosel con el que otras tocan a sus Vírgenes.
Una mezcla de sur y norte, del preciosismo barroco andaluz y la severidad medieval castellana es la síntesis, de alquimia casi, que se ha logrado con el tesón y la Fe de muchas generaciones cofrades, de muchos cristianos de esta ciudad tan internacional como provinciana. De cristianos y…. paganos, añadiría yo; porque a esos actores de la Iglesia se unió un marco perfecto: el ambiente propicio a la Pasión que aportan las ruinas de la vieja Augusta Emerita. Añadir a la agonía y resurrección de Cristo su propio tiempo, no otro. Por esa razón todas las cofradías se zambullen, hasta camuflarse casi, en ese escenario desvencijado pero singularmente auténtico, de la Mérida romana.
Pero, si tuviéramos que seleccionar momentos cumbres de la Semana de Pasión emeritense, tendríamos que optar por personarnos la tarde del Miércoles Santo en la mismísima Puerta de la Villa (una puerta que lo es desde la fundación de la ciudad hace 2034 años) para ser testigos del emotivo encuentro del Cristo Nazareno con su Santa Madre, Nuestra Señora del Mayor Dolor; o acudir la madrugada del Jueves Santo al anfiteatro romano para admirar la tremendista imagen tardogótica del Cristo de la O y su enlutado acompañamiento de cofrades quienes, con sus antorchas, vienen desgarrando la oscuridad desde la concatedral de Santa María la Mayor. No menos intensa como sencilla es la escenificación del Descendimiento de Jesús de la Cruz (se trata de la imagen del Cristo del Calvario, una imagen articulada del siglo XVII) la madrugada del Viernes Santo, teniendo como telón de fondo las ruinas del castillo de aguas donde culminaba uno de los acueductos de la colonia romana.
Siete días en la Jerusalén de Occidente, pues en eso se convierte Mérida durante la Semana Santa. El fruto religioso y cultural de una devoción, admirable y admirada, que merece ser reconocida de Interés Turístico Nacional.